viernes, 20 de noviembre de 2009

Quizás pudiera tratarse de la entrada de un primer capitulo de un Tebeo o comic

Despertar para soñar: Un grito de libertad


Se despertó cuando todavía no se veía clarear el día por la ventana. Aún quedaban dos horas para que le sonara el despertador, pero decidió levantarse y empezar con los preparativos para su marcha. Que extraña suena la palabra “marcha” cuando en lugar de significar “partida” se refiere a adentrarse en un mundo que huele a puro.
Abrió la mochila y empezó a colocar su bocadillo, agua, su libreta de apuntes, la imprescindible guía de aves y los demás artilugios que le acompañaban en sus caminatas. En una de las hebillas sujetó una bolsa con 8 patas de cordero que su vecino el pastor le había dado el día anterior y un buen puñado de lana blanquísima que años atrás le había servido de mullido colchón y que ahora guardaba en un rincón de la casa como el mejor de sus tesoros.
Patas de cordero y lana de oveja que consideró una mísera limosna para sus necesitados amigos.
No había decidió todavía hacia donde dirigir sus pasos y donde destinar sus esperanzas de encontrar la deseada nidada. Mientras se calentaba el café ojeó unos viejos apuntes de campo, en los que con caligrafía de colegial, había anotado sus primeras vivencias en compañía de los quebrantahuesos.
Recordó rápidamente la primera observación, la primera copula, la primera nidada y sobretodo el primer pollo que vio volar. También recordó los pocos tristes fracasos.
El resto de la familia dormía mientras dejaba anotado el lugar donde iría a pasar el día “el Mundo encantado”. En realidad el lugar no se llamaba así, pero desde aquellas primeras escaramuzas, había adoptado esta expresión para mantener todavía más en secreto uno de los territorios donde estos grandes alados habían criado con anterioridad.
Abrió el portal de la vieja casa con esa gigantesca llave de hierro y chirriante cerradura. La vista le llevó al cielo y con una gran sonrisa le dio los buenos días a la despejada luna que ya agonizaba. Recibió una gran bofetada del frío helado de finales de otoño y dejó por un momento de ser persona hasta que la dureza del camino le hizo entrar en calor.
Llegó a la entrada de ese denso Paco de lluviosas hojas de las grandes hayas y de coloridos servales que le llevarían a su deseado destino.
La humedad de la mañana le chipió los pantalones y su calor corporal descendió nuevamente de manera brutal aunque no le impidió saludar a los pinchudos acebos ni sentir su ardiente corazón cuando entre el claro de la espesura vio de refilón el vuelo majestuoso del quebrantahuesos. Corrió lo más rápido que pudo pero su pesada carga para lo único que le servia era para frenar sus pasos.
Salió entre los árboles y de sus ojos sintió correr emocionadas lagrimas que narraban una de las escenas que sabía nunca olvidaría. En una de las rocas de enfrente distinguió a uno de los adultos bebiendo agua de una de las charcas artificiales donde se había acumulado la lluvia del día anterior. Es increíble verlo beber, pero más verlo tumbarse sobre el para realizar uno de esos baños de barro que desinfectarán su cuerpo y herrumbrarán su pecho de naranja intenso, llegando a tonalidades rojizas con el paso de los años. A su lado el otro adulto estaba acicalándose el plumaje con esmerada paciencia y delicadeza, este en ocasiones se refrotaba sobre las rojizas rocas. Mentalmente los comparó con sus vecinos de tierras de latitudes inferiores en los que su colorido es un poco más apagado, debido a la menos cantidad de oxido de hierro en sus roquedos.
No le hizo falta deducir que en este “Mundo encantado” pasaría gran parte de los próximos meses.